PRÓLOGO


 Hay gente que está sola porque se aísla, y gente que se aísla porque está sola. Las personas van por la vida casi por inercia. Por no decir siempre. Grupos enormes que van de un lado a otro, en distintos o iguales sentidos. Que se encuentran, desencuentran, y hasta quizás reencuentran. Cada uno con su realidad distinta, pero todos, absolutamente todos, en algún momento, nos sentimos solos.
 Hay personas que están solas, y otras que se sienten solas. Personas que llaman la atención y personas que la necesitan. Bah, en realidad todos la necesitamos. A veces más, a veces menos. Pero necesitamos sabernos visibles, sentir que existimos, ser.
 Y sin embargo, a veces no nos ven… ¿o no nos dejamos ver?
 El paso por la adolescencia es tan complicado como conocerse a uno mismo. Es también un poco encontrarse con otros y con uno mismo. Es un viaje de ida.
 Siendo adolescente me siento una bomba de tiempo que está por explotar. Una bomba a la que nadie le tiene miedo, a quien subestiman, pero sin embargo todos huyen de ella. Seré difícil de lidiar. Esa fama tenemos los adolescentes.
 Así que le voy a pedir un favor a la sociedad, y me voy a atrever a hacerlo en nombre de todos. ¡Déjennos en paz! Dejen que gritemos, que lloremos, que seamos. No nos estructuren, no nos metan a todos en un mismo cuadrado de pensamientos, de acciones. No nos critiquen por lo que hacemos. NO SABEMOS QUÉ HACER. Estamos en un proceso horrible en el que todo está cambiando, todo el tiempo.
 No somos chicos ni grandes. Ya tomamos decisiones, pero nunca parecieran ser las correctas. No tenemos la independencia para hacer lo que queremos, aunque a veces nos tenemos que hacer cargo con responsabilidad de ciertas cosas.
 Tampoco nos enseñen, no nos digan lo que tenemos que hacer, lo que corresponde hacer. Somos adolescentes. Lo que nos corresponde es correr, jugar, equivocarnos y llorar porque lo que nos pasa es lo peor del mundo para nosotros. Ya sabemos que existen cosas peores, es obvio que la primera vez que lloramos por amor no va a ser la última, pero no lo juzguen y dejen que lloremos con intensidad, como si lo fuera.
 Déjennos dudar, experimentar, sufrir por alguien que no vale la pena, equivocarnos de amigos. No necesitamos un “yo te lo dije”, un “ya lo sabía” de un adulto.
 Quizás vos ya lo sepas si ya pasaste por acá. Ya sufriste lo que te dolió, fuiste feliz, aprendiste de tu vida. Pero la mía es distinta. La de cada uno de nosotros es distinta.
 Y así lo sentimos. Como si cada segundo fuera eterno y al mismo tiempo los años pasaran en un pestañeo.
 Al fin y al cabo, la vida es mía. Las reglas deberían ser mías. Y no hay nada más verdadero que mi propio sentir. Mi impulso. Mi esencia. Mi ser.
 Somos adolescentes, seres sensibles que intentan no serlo para demostrar todo el tiempo que podemos solos, que sabemos lo que queremos.
 Somos poderosos, y tenemos mucho potencial, mucha fuerza. Como el río. La corriente nos lleva para todos lados, y no siempre tenemos claro a dónde vamos, pero nada nos para. Y cambia. La corriente cambia constantemente.
 Así que no nos juzguen. Admiren nuestra naturaleza como admiran al mar. Nuestra grandeza, que nada tiene que ver con virtudes ni perfección, sino con ser. Sean. Sean con nosotros. Sientan mucho. Admiren nuestro instinto, lo que dejamos ser, lo que no reprimimos.
 Seamos como los chicos. Y juguemos hasta creérnoslo. Porque cuando teníamos cinco años no hacíamos de cuenta que éramos astronautas. Lo éramos. Por un rato, hasta que mamá nos llamaba a tomar la leche o venían a buscar a nuestro amiguito, éramos los mejores astronautas del puto mundo. ¿Y después? ¿Qué hacemos con eso? Lo perdemos.
 Nos perdemos a nosotros mismos, como se van perdiendo nuestros sueños. Y después admiramos y envidiamos al que vive de lo que quiere, al que no tuvo hijos porque no quería y no le importó lo que digan los demás. Al que dejó la facultad para viajar por todo el mundo, al que se viste como quiere, al que está cómodo con su cuerpo. Envidiamos a los que hicieron lo que nosotros no pudimos. O no quisimos lo suficiente. Admiramos a quienes son. A los que no corrieron de sí mismos para encajar en un lugar preestablecido.
 Nosotros no queremos ser algo concreto. No queremos tener que pensar en un futuro cuando a veces no entendemos ni siquiera lo que nos pasa ahora. Queremos disfrutar sin presiones. Queremos que nos guíen, no que nos obliguen. Queremos que nos informen, no que nos formen. Queremos ser libres, como el mar.




Comentarios